Se ha ido la flor más linda de mi vida…

Isabel Rodríguez Méndez – 31/12/34 – 01/01/35 – 25/06/20

Muchas y muchos se habrán extrañado por mi ausencia. Recién hoy puedo sentarme a escribir, después de masticar el dolor que me produjo la partida de mi madre. Prefiero recordarla con la risa fresca, su humor a toda prueba, su resistencia frente a todas las adversidades y su estirpe gallega.

Se fue un clavel rojo. La que luchaba contra las injusticias. La que me acompañó a viento y marea frente a quienes sostenían que tenía que ir a un colegio diferencial -ahora especial- y enfrentar a médicos y psicólogos que opinaban que no llegaría a ser nada.

Se fue una rosa con espinas. La que supo llevarme por todos lados hasta saber lo que me pasaba. Que me cuidó por demás. Más aún, durante la dictadura genocida, cuando todo era oscuro e iluminada por esa fuerte propaganda que preguntaba “¿Ud. sabe dónde está su hijo?”.

Se fue esa azalea dulce, con sus tortas y sus caricias. Hasta último momento, me acariciaba la cara y a lo último se sonreía mientras pasaba sus manos por mi barba. Un reconocimiento por todo lo que había hecho por ella durante estos años, desde el 2017 cuando le agarró el ACV hasta su final.

Se fue en esta cuarentena que le impidió ir a los médicos porque PAMI no hacía traslados. Tenía turnos para la gastroenteróloga, la nefróloga y el neurólogo. Ya tenía una demencia vascular que se había hecho evidente en diciembre del año pasado y me obligó a cuidarla más que nunca. Nada recordaba. Ni Nochebuena, ni Navidad y ni siquiera su propio cumpleaños, el 31 de diciembre. Más adelante, cuando recibía las fotos de España no conocía a nadie. A ninguno reconoció. El mal había avanzado demasiado.

Y tal vez, hubiera tenido una mejor muerte si cuando la levantaron los ambulancieros del Programa de Atención para la Muerte Inmediata (PAMI), la hubieran auscultado y diagnosticada su insuficiencia respiratoria. La tiraron como bolsa de papas arriba de la cama…

Me costó mucho sostenerla. Era imposible moverla para mí. Hice todo lo posible para que estuviera mejor. Ella y yo sufríamos. Sabía lo que se venía. La parca se acercaba día a día.

Pero se fue el pasado jueves. Sin avisar. Y el dolor me invadió. Me sostuvieron compañeras de militancia en esta soledad impuesta por la pandemia. Me acompañaron hasta el final. Y me sobran las palabras de agradecimiento.

Empieza una nueva etapa en mi vida. De otra forma. De otra manera. Pero estoy convencido que lo mejor es seguir adelante. Recordando, pero también reconstruyendo mi existencia. Atrás, quedaron las preguntas de policía que ella me hacía: ¿Con quién vas? ¿Adónde vas? e invariablemente le respondía que no me preguntara más, que esas eran preguntas de policías valga la redundancia.

Estoy libre pero me falta elaborar el duelo para volver a movilizarme y a mi vicio de escribir. No faltará mucho para los Apuntes de cuarentena; un libro de teatro, que un editor espera y los libros con los cuales espero que colaboren para seguir sosteniendo mi ritmo de vida.

Agradezco a quienes me llamaron, apenas se enteraron. Otras y otros se anoticiarán ahora. Bueno, les mando un fuerte abrazo a la distancia que nos impone la pandemia…

Dejá una respuesta